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Verano, tiempo de descanso y contemplación

Ya estamos en el mes de junio, se acerca la fecha de comienzo del verano y se nota en el ambiente. Los días son muy largos y las temperaturas van ascendiendo. El curso escolar y las diferentes actividades que realizamos de trabajo, de ocio, de formación…llegan a su fin. Pronto escucharemos las típicas frases: feliz verano, felices vacaciones, qué descanses, qué lo pases bien…

Dentro de la diversidad de los gustos y de las posibilidades personales, realizaremos muchas actividades diferentes: ir al mar o a la montaña, hacer deporte, viajar, disfrutar de reencuentros o de soledad, caminar, leer…

Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan descanso, y agradecen algunos cambios de espacio, de ritmos, de horarios y de costumbres.

Hay un elemento muy valioso que debería estar presente en nuestras maletas, físicas o virtuales para este tiempo de verano: la atención. La atención no exige tiempos exclusivos, no cabe la excusa de no tengo tiempo. Cualquier tarea, cualquier instante vivido con atención, se colorea de vida y hondura.

Por ejemplo, sentir en la piel el agua de la ducha, su temperatura, escuchar su sonido…

Caminar sintiendo la pisada, talón, dedos, talón, planta…

Pelar y cortar una verdura, beber un vaso de agua…

Lo más pequeño puede convertirse en una gran tarea cuando la mente está plenamente en ella, en lugar de divagar y alejarse de donde está nuestro cuerpo.

Cuando ponemos nuestra atención en el presente, sin juicios, podemos empezar a contemplar. Y la contemplación tiene asociada unos efectos, que si bien no son buscados en sí mismos, aparecen.

Uno de ellos es el asombro, por la belleza, la armonía y la gratuidad de lo que contemplamos. Frente a un ave volando, un paisaje, las olas batientes, en general en la naturaleza, nuestro asombro aparece. También frente a cada ser humano, por la grandeza y sacralidad de su existencia.

El agradecimiento también mana de la contemplación. ¿Cómo no agradecer la vida que se nos ha dado sin pedirla?

Contemplar es fuente de gratitud, escucha, compasión, asombro, calma, conexión, hondura…

Qué fortuna disfrutar del verano, porque es un tiempo propicio para la contemplación. En verano se nos ofrecen muchos elementos que nos la facilitan. Los días son muy largos, hay mucha luz. Con frecuencia es el periodo en que disfrutamos de vacaciones y tenemos más tiempo libre. Por tanto es más sencillo disfrutar de la naturaleza. Sus sonidos, ausencia de contaminación, belleza, silencio… son imprescindibles para desplegar nuestra humanidad. ¡Cuánto se puede contemplar en una sencilla ola y en un atardecer!

Tenemos más facilidad para buscar el silencio exterior, que nos facilita ir hacia el silencio interior, tan necesario para conocernos, crecer y conectarnos con nuestra dimensión espiritual.

El tiempo libre nos permite abandonar la prisa e instalarnos en la calma y la lentitud.

Se nos abre la posibilidad de ser más flexibles, abandonando inercias y abriéndonos a lo nuevo que se nos ofrece. La novedad puede tomar forma de sandía, de almohada, de arena, de rostros.

Podemos dejar a un lado el consumismo voraz, el deseo de poseer, para disfrutar de todo sin aferrarnos a nada.

Fluir y aceptar el paso del tiempo, sin empujar ni retener.

Quizá una buena propuesta para este verano sería pensar que no solo estamos “veraneando”, sino que estamos SIENDO con mayúsculas.

¡Feliz contemplación!

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